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Bella Trucha y el Estanque Azul

Cuando la primavera llegó y extendió su manto de calor, bañando de luz la superficie del estanque, la vida fue despertando, pequeños brotes verdes nacieron en las orillas y peces e insectos retomaron la rutina de sus días. Terminaba del letargo invernal. Aquel estanque se encontraba en medio de un tupido poblado de árboles frutales que soltaban aromas y presumían los colores de sus flores delicadas. Una enorme cantidad de libélulas, colibríes, pájaros, mariposas, mosquitos y pájaros conformaban aquella población maravillosa de seres alados. Ni que decir de la vida acuática que se desarrollaba dentro del estanque. En sus profundidades, una regordeta trucha tuvo una veintena de pequeños pececitos o truchititas que nadaban muy juntos con sus enormes ojos, puestos cual dos puntos negros en la cabeza de sus cuerpecitos transparentes. Se llamaba Bella Trucha
Bella Trucha era un hermoso pez con tonos dorados, una encantadora cola y aletas trasparentadas de azul. Poseía una graciosa manera de nadar y sonreía dulcemente con todos. Ella nunca se había peleado con nadie en su vida, y ahora que era madre tenían sus ojos polvito de estrellas. Pero su belleza venía de dentro de su alma. Y por ello había despertado la envidia de Libélula Tornasolada que la miraba desde su vida solitaria y amargada odiándola desde siempre.
Bella Trucha nunca sospechó que aquella noche en la que nacieron sus pequeñines… Aquella, cuando la luna bañaba de plata las penumbras del lugar, un terrible maleficio caería sobre ella y sus hijitos. Valiéndose de sus poderes de hechicera, Libélula tornasolada, voló por sobre el territorio acuático de aquella madre primerisa espolvoreando el polen de una mala hierba que crecía no lejos de ahí. Y recitó un conjuro que le provocaría una parálisis de sentimientos.
Desde el fondo del agua podrida
por el cielo de honda obscuridad
se turbará tu alma pura,
negra y fría se quedará.

Y su corazón congeló. No sentiría amor hacía nada y nadie y tendría la urgencia de siempre estar haciendo quehacer como si ello fuera lo más importante del mundo. De esa manera sus pequeños hijos quedarían desprotegidos y todos los peligros del estanque acabarían con ellos y entonces la amargura y la soledad caerían sobre Bella Trucha para siempre. Pareciera que lo más hermoso que tenía fuera cubierto por un manto entelarañado y gris que le impedía ser y sentir.
Muchos habitantes acuáticos quedaron sorprendidos cuando vieron como Bella Trucha trataba a sus pequeños. Siempre enojada, de mal humor ordenándolo todo chupando y rechupando las piedrecillas del fondo queriendo quitar todo el moho acumulado. Nunca se quedaba quieta y lo que le preocupaba era que todo estuviera ordenado. Jamás se detenía para expresar ternura ni paciencia hacia los bebecitos que intentaban nadar y comer por si mismos. Ella se movía dentro del agua, aleteando lentamente, husmeando, buscando algo con desesperación. Reacomodaba todo una y otra vez. De hecho su nido llegó a ser el más ordenado del estanque. No se daba cuenta del desamor y la indiferencia hacia sus chiquitos. Alguna vez, como un destello, veía llorar a alguno y su corazón le dolía por la impotencia de expresar su ternura.
Con vuelos cautelosos y siniestros Libélula Tornasolada cuidaba los resultados de su obra y soplaba en los oídos del vecindario palabras venenosas para señalar la mala conducta de Bella Trucha que parecía ser una malvada madre. Volaba y envenenaba, envenenaba y volaba hasta que todo el paraje conocía la historia de la mala madre del fondo del estanque.
Solo Sapo Ancasnegras que miraba con tristeza la suerte de Bella Trucha, no podía creer que ella se había hecho fría y desinteresada de repente. Sospechaba que algo malo le había pasado y se propuso descubrir la causa de tan terrible situación. Un día fue en busca de su gran amigo el Caballo Marino que tenía la manía de repartir afectos, proteger a los pequeños y escuchar los problemas de los demás. Ellos tenían en común tres extravagancias: haber viajado mucho, ser buenos aventureros y sentir un secreto amor por Bella Trucha.
El día que acordaron cuidar de ella y sus pequeñines, hasta encontrar la cura de su alma enferma, la luz anaranjada de la tarde iluminaba el escondrijo de Sapo Ancasnegras de una manera tal, que sus corazones se cargaron de esperanza y en sus miradas se apreciaba la resolución de su fuerza interior. Bella Trucha les miraba desde la indiferencia de su alma entumecida pero, les dejaba hacer.
Cuando el verano llegó a los parajes del estanque, a Bella Trucha sólo le quedaban seis pequeños pececitos nadando afanosos en torno suyo. Los demás habían muerto ante las difíciles situaciones de sobre vivir por sí solos. Tanto Caballo Marino como Sapo Ancasnegras se habían hecho cargo de los truchitos y les enseñaban cómo conseguir alimentos, cómo jugar, cómo evadir a los depredadores del entorno. Pero sobre todo les enseñaron como cuidar de su Madre.
Todo parecía ir funcionando pero, Libélula Tornasolada que se había percatado de la ayuda de aquellos dos entrometidos, decidió dar un golpe maestro para acabar con los seis truchitos sobrevivientes. Buscó la manera de destruirlos a todos y volando por sobre la superficie del agua, como sólo ella sabía hacerlo, averiguó que existía un frutillo rojo sumamente venenoso que podría darles a comer a esos truchos tan odiados. Pero Sapo Ancasnegras la miraba desde un oculto rincón del estanque y tomó un poco de aquellos frutos y acudió ante Colibrimiela que era el ave más inteligente y justa del lugar, para preguntarle qué efectos provocaría comerlos. Aquella vieja colibrí, había viajado mucho y conocía los efectos mortales de la frutilla roja. Ella siempre resolvía los conflictos de los habitantes del estanque y sin más le aseguró que los frutos que traía eran altamente tóxicos y venenosos. Pesadumbrado por tan terrible noticia y después de hablar con Caballo Marino, decidieron contarle todo a la reina Colibrimiela y desenmascarar por fin a Libélula Tornasolada y su plan malévolo.
Cuando la justiciera supo todo, convocó una reunión con los personajes más poderosos del estanque y juntos decidieron expulsar a la terrible Libélula Tornasolada del paraje del estanque azul, que ya había causado muchos otros problemas. Pero antes le exigieron y la obligaron a entregar el antídoto que sanara el alma de Bella Trucha. Y pronunciar las palabras que romperían el conjuro:

Desde las luces del alba
Con la blancura de plata lunar,
Con los colores de la alborada
Yo ordeno que todo quede
Como antes comenzar.

Bella Trucha tardó varias lunas en recuperar la alegría de vivir. Sus pequeños restañaron sus dolencias con sonrisas, besos y abrazos. Fue aquello como un largo despertar en el que sus amigos; Sapo Ancasnegras y Caballo Marino la ayudaron a desprenderse de las telarañas de indiferencia, calentaron su corazón con paciencia y ternura. Los habitantes del estanque fueron a visitarla de poco en poco y cada uno le daba una palabra de aliento antes de despedirse.
Así fue como Bella trucha recuperó mucho de lo que ella era. Pero cuentan las piedras del fondo del estanque que nunca, nunca volvió a ser la misma.

Lourdes Villaseñor B.
Ciudad de México, marzo del 2014

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