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Fue la primera computadora científica de la Argentina. Se instaló en la Universidad de Buenos Aires a fines de 1960.



Están en escuelas, hospitales y supermercados. Manejan el tránsito y los aeropuertos. Se las ve por todos lados. Pero aunque hoy cueste imaginarlo, alguna vez las computadoras no organizaban el mundo. Sencillamente porque no existían.

En la Argentina, hasta la década del 60, los cálculos matemáticos sólo se podían hacer en papel y lápiz, hasta en ámbitos académi

cos. Pero en 1961, todo cambió.

En los días en que los Estados Unidos rompían relaciones con Cuba, y en la Argentina Arturo Frondizi caminaba por los últimos tramos de su gobierno, el científico y creador del Instituto del Cálculo de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, Manuel Sadosky, le pidió a Bernardo Houssay un crédito sin usar que le habían otorgado al CONICET, la institución que presidía Houssay. Se trataba nada menos que de 300 mil dólares.

Houssay aceptó la propuesta de Sadosky y utilizaron el dinero para traer al país la primera computadora, con fines científicos y académicos: Clementina.

Para la compra se realizó una licitación pública a la que se presentaron IBM, Sperry Rand, Philco y Ferranti. Y ganó una Ferranti, modelo Mercury II, que vino de Inglaterra.

Llegó al puerto de Buenos Aires el 24 de noviembre de 1960, y luego de una extensa puesta a punto, meses después empezó a ser utilizada.

De las computadoras que se conocen hoy tenía poco y nada. Funcionaba gracias a unas 5 mil válvulas de vidrio y tenía una memoria de núcleos magnéticos de 5 K, unas 50 mil veces menos que una computadora hogareña de estos días. Para los ojos de hoy parecería algo grande: medía 18 metros de largo.

Además, no tenía monitor ni teclado. La entrada de instrucciones (lo que hoy hace el teclado) se conseguía mediante un lector fotoeléctrico de cinta de papel perforado. Y los resultados (lo que hoy otorga el monitor) eran emitidos por una perforadora de cinta que alimentaba una impresora que llegaba nada menos que a las 100 líneas por minuto.

En cuanto al software, utilizaba el denominado sistema Mercury, que tenía varios lenguajes de programación.

Clementina fue del grupo de las llamadas computadoras de primera generación, las que reemplazaron a las máquinas electromecánicas de cálculo.


Un edificio especial

Se instaló en el único edificio que tenía por aquel entonces la actual Ciudad Universitaria. Pero para que Clementina entrara allí, se tuvo que modificar el edificio. Por el tamaño de la computadora y por el importante sistema de refrigeración que necesitaba, producto del calor que despedían las 5 mil válvulas.

La computadora se usó día y noche. En ella se ocuparon unas 100 personas, entre las que había matemáticos, químicos, ingenieros y físicos.

Clementina trabajó para YPF, para Ferrocarriles Argentinos, para la CEPAL y para varias universidades. Además proyectó el desarrollo hidráulico de la zona cuyana y hasta la usó la física nuclear Emma Pérez Ferreira para hacer cálculos sobre partículas.

Tuvo un final que no merecía. Fue destruida. Muchas de sus piezas desaparecieron luego de la intervención militar a la Universidad de Buenos Aires por el gobierno del general Juan Carlos Onganía, implementada la llamada Noche de los Bastones Largos, en 1966.

En 2002, Sadosky le dijo a Clarín "Le pusimos Clementina porque modulando un pitillo que emitía la máquina, se escuchaba Clementine, una canción inglesa muy popular. Después, nosotros hacíamos que se modularan tangos también. Pero le quedó el nombre".

Fuente: Clarin.com


Leonardo Correa.
lcorrea@clarin.com

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