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Sobre gestión emocional, primera conquista: la adaptación a la escuela.

Estos días inundan los noticiarios imágenes de niños de corta edad desconsolados al ser arrancados literalmente de los brazos de sus padres para entrar en las aulas.

Como profesionales de la educación, para nosotros no es una estampa nueva en absoluto, pero hoy no quiero hablar de nuestra vivencia del drama.  Tampoco de la vivencia de los padres que marchan desconsolados tras dejar a su pequeño en manos de una cuasi desconocida, aunque hace apenas unos días se les llenara la boca de frases como “qué ganas tengo de que empieces la escuela”, “vas a saber lo que es bueno”, etc.….

Hoy me gustaría devolver el protagonismo a quien realmente ha de tenerlo, y que en ocasiones queda relegado a un simple “actor secundario” en la gran escena de la adaptación: el niño.

Es realmente importante poner el acento en su vivencia del proceso de adaptación, ya que probablemente es el primer reto de gestión emocional que debe superar por sí mismo.

Como padres hemos podido acompañarlo hasta ahora conformando una autoestima sólida, fomentando la independencia, la seguridad personal y la confianza mutua; ejerciendo un buen modelado de gestión y expresión de las emociones, anticipando el momento explicando y favoreciendo su adaptación a los cambios…..etc

Como educadores podemos intervenir adivinando cuándo intervenir y cómo, valga la redundancia: ya que la mayoría de nuestras energías están orientadas estos días a conocer las necesidades emocionales de cada niño, empatizar al máximo, y darles respuesta en la medida de lo posible; hay niños que necesitan besos y abrazos, otros no quieren ningún contacto físico y se consuelan gritando en soledad, otros lloran, otros sólo quieren que les des la mano, o abrazar a su muñeco, otros con un teléfono de juguete pasan las horas hablando con su mamá…..

Pero es el niño el que realmente ha de superar la situación por sí solo, y a veces en el trajín del proceso se nos olvida devolverle el protagonismo que le corresponde. ¿Cómo?, pues permitiéndole. Permitiéndole ser él, permitiéndole estar triste, llorar, expresar su enfado, su rabia, su decepción…. Si le permitimos expresar estas emociones es más probable que haga una adecuada gestión de las mismas y la elaboración sea más rápida.

Pero en el mundo adulto tenemos muy baja tolerancia a la expresión de las emociones negativas, tratamos de ocultarlas y maquillarlas, disimularlas y atenuarlas como si de este modo fueran a esfumarse.

Trasladamos a menudo esta “negación de lo negativo” a los más pequeños, no permitiéndoles expresar, y por tanto no enseñándoles a canalizar ni afrontar, castrando su crecimiento emocional e ignorando que en el futuro  probablemente necesite más su inteligencia emocional que la racional.

¡Qué gran lección enseñamos a los más pequeños si en vez de “No llores que no pasa nada”, les regalamos un “¿Qué te pasa?, ¿estás triste?, entiendo que estés triste y que llores, mamá también se ha ido triste a trabajar esta mañana”!.

Propongo fomentar que tengan un mundo emocional rico y que les permitamos que aprendan a gestionarlo de forma autónoma, capaz y resolutiva, es más probable que en el futuro sean personas resueltas, con relaciones personales sanas y felices.

 

 

 

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